El misterio de los guardianes de Moratalaz: Los Toros de Guisando del Parque Z
En el centro del Parque de Moratalaz —popularmente llamado “Parque Z” — se alzan cuatro figuras de granito que, inmóviles y silenciosas, han sido testigos del devenir cotidiano del vecindario desde una extensa explanada verde.
Se trata de versiones contemporáneas de los célebres Toros de Guisando, cuya evocación de la Edad del Hierro resulta tan sorprendente como única en un barrio surgido durante la explosión urbanística madrileña de los años sesenta, un paisaje urbano donde nadie esperaría encontrar un eco de la Hispania prerromana.
Estas esculturas, deliberadamente más esquemáticas que sus milenarios originales de El Tiemblo (Ávila), llegaron al parque con su inauguración oficial, el 26 de mayo de 1969, de la mano del entonces alcalde Carlos Arias Navarro. Se concibieron como parte del equipamiento urbano de un barrio en plena expansión, el Polígono Z. Desde su instalación, se han convertido en un elemento tan característico como entrañable: no pocos niños han jugado sobre sus lomos de piedra, convirtiéndolos en el escenario de mil aventuras infantiles. Su imagen quedó tan ligada al barrio que, en los años 70, llegaron a ser un curioso reclamo en los anuncios inmobiliarios que vendían los nuevos pisos de la zona.
Para entender su verdadera dimensión, hay que viajar muy atrás en el tiempo. Las figuras originales, conocidas como los Toros de Guisando, pertenecen a la cultura vetona y fueron talladas en granito entre los siglos IV y I a.C. Estas imponentes figuras, a medio camino entre toros y verracos, eran con toda probabilidad símbolos sagrados para una cultura eminentemente ganadera. Los especialistas debaten si servían como protectores del ganado, como hitos para marcar el territorio o como parte de complejos rituales asociados a la fertilidad y la vida.
Además de su enorme relevancia arqueológica, estas esculturas desempeñan un papel clave en algunos de los capítulos más importantes del pasado español. Junto a ellos, en el paraje abulense del arroyo Tórtolas, se firmó en 1468 el Tratado de los Toros de Guisando. En aquel pacto, el rey Enrique IV reconoció a su hermanastra Isabel —quien pasaría a la historia como Isabel la Católica— como Princesa de Asturias y legítima heredera del trono de Castilla. Su fama trascendió la historia para quedarse sellada en la literatura, con menciones inmortales de Miguel de Cervantes en el Quijote y de Federico García Lorca en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Pero volvamos a Moratalaz. Si la historia de los originales es bien conocida, la de estas réplicas está envuelta en un doble y fascinante misterio. No solo no existe constancia alguna del autor que los esculpió —descartando la leyenda urbana que los atribuía al célebre escultor Juan de Ávalos—, sino que tampoco existen documentos que expliquen el porqué de su elección. Fue una decisión totalmente inusual en el urbanismo de la época, que no seguía ninguna corriente artística conocida de recuperación de símbolos arcaicos.
La completa ausencia de información sobre su autoría, lejos de disminuir su interés, contribuye a envolverlas en un halo de misterio que alimenta su leyenda. Aunque carecen del peso arqueológico de los originales, estas réplicas aportan una profunda identidad cultural al barrio. Son un tesoro escondido a plena vista, un puente de piedra que conecta las raíces celtíberas con el presente urbano e invita a vecinos y visitantes a rememorar la historia mientras disfrutan de un entorno familiar y acogedor, dotado de zonas infantiles, deportivas y un emblemático lago.