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La Quinta de Torre Arias

Un desconocido vergel en San Blas-Canillejas.

A raíz de instalarse la Corte en Madrid en 1561, prolifera en la Villa la edificación de casas de campo como lugares de recreo de ilustres personajes.

En la calle Alcalá, antes de llegar al núcleo histórico de la villa de Canillejas, nos encontramos con una de las más antiguas de Madrid y que aún se conservan, la quinta de Torre Arias por la que ha pasado toda la nobleza y que tiñe de verde la zona.

Según el estudio de Miguel Laso de la Vega Zamora en su libro Quintas de recreo. Las casas de campo de la aristocracia alrededor de Madrid, el origen de la quinta de Canillejas se sitúa entre 1580 y 1602 cuando el I Conde de Villlamor, García de Alvarado, rico criollo peruano establecido en la Corte, realizó la compra de tierras a varios propietarios para crear una “quinta cercada, con palacio, huerta y palomar…”.

La finca pasó por diferentes manos en sucesivas ventas y transmisiones hereditarias (casa de Aguilar, de Frigiliana, de Osuna, Garro, Orden de Predicadores de Santo Domingo, los Irigoyen, Cerralbo, Medina Sidonia…) ejecutándose numerosas mejoras y ampliaciones, alternando momentos de expresión de lujo y estatus social con otros de abandono.

Cobró cierto protagonismo en la Guerra de Sucesión, cuando vivió el archiduque Carlos mientras disputaba el trono a los Borbones.

Una de las épocas de esplendor de la Quinta data de 1850, fecha en que pasa a manos del X Marqués de Bedmar, de ideas afrancesadas, quien emprendió una importantísima labor de restauración y ampliación, con la compra de suelo extramuros, adquiriendo la imagen con la que ha llegado a nuestros días. 

La Quinta del marqués de Bedmar, en un dibujo de M. Ojeda, publicado en “El Campo”,1877.

El propio Galdós menciona la Posesión de Bedmar, junto con la de Vista Alegre, Montijo y Alameda de Osuna, como las más importantes de Madrid.

Los Bedmar se instalaron de forma continuada en el palacio, ampliando el edificio, recubriendo la fachada de ladrillo, dándole un aspecto de castillo medieval y enriqueciendo sus estancias. Se dotó a la propiedad de construcciones auxiliares, estufas, vaquería, casa de guardias y jardineros...  adquiriendo ese carácter de lugar de recreo y finca agrícola.

La quinta destaca por su arbolado de fruto y flores, su horticultura y floricultura potenciada con nuevos invernaderos y la construcción de dos fuentes, La Minaya y la Isabela, de ricas y abundantes aguas provenientes del viaje del Abroñigal bajo. Con ellas y con dos gigantescas norias se riegan la huerta y los jardines.

En 1877 la revista “El Campo” publica un artículo describiendo las fiestas que cada año daban los propietarios a “los habitantes de Canillas y sus contornos”, y la visita del rey Alfonso XII y la reina María Cristina.

Los últimos propietarios privados fueron los Condes de Torre Arias, que acometen nuevas obras de mejoras entre las que destaca la puerta de entrada actual con esbeltas columnas de piedra; la construcción de una pista de tenis; así como las perreras, donde se consiguen magníficos ejemplares de galgos de pura raza española; el gallinero con hermosos ejemplares de gallinas enanas de Japón y una vaquería, que destacó por su modelo de organización.

Foto izda.: Revista “Mundo Gráfico”, 1912. Quinta de Torre Arias.

Foto dcha.: Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, Real Academia de la Historia.

En 1978, Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno Seebacher heredó de su padre el título de VIII condesa de Torre Arias, Grande de España, y la propiedad de la Quinta de Canillejas, ya conocida como Torre Arias, la única gran finca del término municipal de Madrid que guarda todavía su doble carácter, particular y residencial.

En 1986 la Condesa de Torre Arias y su esposo, el físico Julio Peláez Avendaño, al no contar con descendencia, firmaron un convenio con el Ayuntamiento de Madrid por el que la Quinta pasaría a ser propiedad municipal como cesión gratuita obligatoria para su uso “como parque público y para servicios a la ciudad”, con la condición de suspender la entrega de la Quinta hasta su deceso.

Los condes la siguieron habitando, aunque en lugar de ocupar el palacio se construyeron una pequeña vivienda familiar con equipamientos más modernos.

Allí encontraron su paraíso dedicándose a la lectura, la jardinería y a la naturaleza, dado el extraordinario valor de las especies vegetales existentes, entre las que destaca una encina a la que se calculan 400 años de antigüedad.

Fallecidos el conde en 2003 y en 2012 la condesa, se puso en marcha el convenio después del acuerdo con la Fundación que lleva su nombre, encargada de mantener el palacio y sus jardines, y que había solicitado poder usarla con fines culturales.

Tras los trabajos realizados en los jardines para garantizar la seguridad de los visitantes, el parque se abrió al público en el 2016.

Ha sido declarada Bien de Interés Cultural de la Comunidad de Madrid, en la categoría de conjunto histórico, por Decreto 59/2022, de 13 de julio de la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte y en la actualidad continúa su restauración.

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