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'Tu color' de Naoko Yamada

Director: Naoko Yamada

Encuéntralo en: VID DRA TUC 

Recomendado por la Biblioteca Ciudad Lineal

Hay películas que no te cuentan nada que no supieras ya, y aun así te dejan con algo que no tenías antes. Tu color es de ese tipo de pelis. Naoko Yamada, la directora que nos rompió por dentro con A Silent Voice, regresa con una historia que, sobre el papel, suena a pretexto: una chica que ve a las personas como colores, otra que finge ir al instituto para no decepcionar a su abuela, y un chico que toca la guitarra en secreto porque su madre quiere que sea médico. Nada que no hayamos visto. Y sin embargo…

La premisa de la sinestesia —ese don que permite a Totsuko percibir las emociones ajenas en forma de aura cromática— podría haber sido el centro nervioso de la película. Al final no lo es, o no del todo, y eso es quizá lo más honesto que hace Naoko. No construye un universo de reglas, no explota el concepto hasta convertirlo en espectáculo. Lo usa como lo que es: una forma de mirar al otro con más atención de la habitual. Totsuko no es especial porque vea colores. Es especial porque presta atención, porque le importa lo que ve. El don es una metáfora que la directora tiene la elegancia de no sobreexplicar.

Lo que sí explota —en el mejor sentido— es la animación. El estudio Science Saru entrega un trabajo que da pereza describir con palabras: fondos que parecen pintados con acuarela húmeda, movimientos que no buscan la fluidez perfecta sino algo más parecido a la respiración real. La paleta es pastel sin ser empalagosa, suave sin ser inerte. Hay secuencias, sobre todo cuando aparece la música en escena, en las que la película se convierte en algo que está más cerca del videoclip visionario que del anime convencional. Y no lo digo como crítica.

En cuanto a la música —compuesta por Kensuke Ushio, que ya firmó la banda sonora de A Silent Voice—, funciona de verdad. No como acompañamiento, sino como argumento. Cuando el trío protagonista toca junto en esa iglesia semiabandonada, la película encuentra su pulso. Esos momentos son los que justifican todo lo que viene antes, incluido el ritmo lento, casi contemplativo, de los primeros dos tercios.

Y aquí está la única pega que merece la pena señalar: Tu color tiene la tendencia de dormirse un poco en sus propios encantos. Hay pasajes en los que la delicadeza se vuelve pasividad, en los que la película parece detenerse no para respirar sino porque ha olvidado adónde iba. Naoko confía tanto en la acumulación emocional que a veces se olvida de sostener la tensión narrativa.

Pero el remate final borra esa deuda. El clímax musical tiene la rara virtud de sentirse merecido. No como algo que explote de golpe, sino como algo que llevaba creciendo desde la primera escena sin que lo notaras.

Tu color no va a cambiarle la vida a nadie. Pero puede que, durante noventa minutos, te recuerde que ver bien al otro es ya bastante.

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