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El nacionalismo bajo la república
Durante unas semanas estuve conviviendo con todos ellos, con los catalanes que, huyendo de la represión anticatalanista cultivaban en paz las huertas feraces del Rosellón o ganaban su jornal de albañiles en Perpiñán; con los levantinos - gente de Tecla y Caudete casi toda -, que trabajaban las viñas de los departamentos de Aude y Herault; los aragoneses y los palentinos, que desde Benabarre y Dueñas se habían ido a trabajar en las fábricas de Esparazá y Qullian, en el pantano de Epinay y, en los ferrocarriles P.L.M o en las canteras de Saint Thibery; los golfillos madrileños y barceloneses, que se ganaban un jornal de siete francos en las fábricas de vidrio de los alrededores de Marsella; los mineros de Riotinto y Zalamea, que en el departamento del Gard creaban verdaderos pueblecitos andaluces (...)
Aquella gran masa de humanidad española que se debatía en tierra extranjera valía la pena de que España volviese los ojos hacia ella, y quise contar desde las columnas de un periódico español como vivían nuestros emigrados en el Sur de Francia, cuáles eran sus necesidades y cuáles los deberes de la Patria para con ellos.
Ahora. Madrid, 10 de noviembre de 1932